martes, 19 de enero de 2016

Game Over. Restart?

¿Cuántas veces tuviste uno de esos momentos cuando todo termina y tenés la oportunidad de empezar de nuevo? Seguro que muchos o los suficientes, ¿verdad?
Los llamo mis momentos de Game Over. Restart?
Siempre es una pregunta, por supuesto. No siempre creemos que se puede volver a empezar y casi parece una trampa caer en la pregunta y repregunta. ¿Qué? ¿Es una opción volver a empezar? ¿No se supone que es obligatorio?
No. Al menos pasé por momentos donde ni siquiera percibí que algo había terminado, simplemente estaba aturdida. No tenía ganas de nada, ni sabía qué era lo que quería o me gustaba hacer. perdés un poco tu propio eje, te replanteás bocha de cosas.
Las primeras veces creo que está bien, forma parte del crecimiento personal de uno y de ese mismo aturdimiento sacamos fuerza para empezar las cosas nuevas. Tal vez encontramos un hobby nuevo, nos permitimos conocer personas nuevas o incluso al revés: nos desligamos de gente tóxica sin darnos cuenta.
Son momentos de quiebre aunque sea cliché decirlo. Cuando pasas por dos o tres momentos así perdés un poco la vergüenza a decirlo, o al menos así me pasa.

Todo esto para explicar por qué estoy acá otra vez escribiendo cosas, justificando una frase de jueguitos con tonterías pseudoexistencialistas.

Hasta diciembre del año pasado estuve caminando por una niebla mental digna del Soho londinense de la época de Stevenson y su Doctor Jekyll y Mr. Hyde. Incluso ahí va un desliz mental, porque mi personalidad se vio desdoblada. Recién a los 24 años tuve una 'actualización' de personalidad transitiva hacia la adultez. Adultez por decirles algo, ese tipo de parámetros (niñez, adolescencia, adultez, vejez) la verdad no significan algo real para mí más que para determinar el avance de las canas y arrugas en la cara, puras cuestiones biológicas que nada tienen que ver con lo que uno siente y piensa. Me voy por las ramas, ese es un vicio difícil de abandonar.

Ahora ya saben un par de cosas más sobre mí: tengo 24 años, me gustan los jueguitos, me niego a aceptar la nulidad de la niñez en la gente adulta y desvarío de tema en tema.

En fin, vuelvo a diciembre del año pasado. Durante todo ese año y parte del anterior viví una especie de falso despertar. El contexto es también un cliché de esta época: tuve una decepción amorosa virtual. El distanciamiento (además de kilométrico) se volvió casi palpable. Me deprimí pero no hice nada. Mi actitud ante el abandono paulatino de las personas es dejarlas irse, no me gusta obligar a nadie a quedarse. Eso no sería malo si pudiera hablar, pero la tristeza me inmoviliza, me vuelvo un zombie y solo me queda ver (desesperada) como se alejan personas a las que quiero así sin más.
Puntualmente esta fue (creo y hasta ahora) la desilusión más grande que tuve jamás: me permití soñar mucho con él, me fasciné hasta el hartazgo con coincidencias entre los dos, me maravillaba con cada anécdota que él me contaba y me atreví a contarle cosas que jamás le conté a nadie. No podía dejar de pensar que había encontrado al chico de mis sueños y (oh, milagro!) él estaba interesado en mí.
No voy a aburrir con detalles, este tipo de historias todos las conocemos, las variables varían pero la estructura permanece: algún tipo de ruptura y un corazón roto.

Nunca me molesté en decirle cuanto me dolía el distanciamiento y el repentino desinterés. No entendí nunca qué pasó, pero tampoco quise 'molestarlo' y preguntar. Simplemente lo dejé ir. Y se fue.
Sufrir en silencio es más fácil de lo que parece. Ante las amistades íntimas dejás ver una leve tristeza pero nunca la herida de fondo. Cuando sos una persona positiva la gente realmente cree que superás el dolor más fácil. Mi mente se encargaría de borrar los sentimientos hacia él si me alejaba. Me sirvió ver que empezaba a salir con otra chica y encontré confort en empezar a socializar con viejas amistades. Empecé a trabajar doble turno, iba a bares, me reía mucho y bailaba hasta que me salían ampollas. Conocí gente nueva, salí con un chico durante el verano, me divertí. Pero no era suficiente, estaba  vacía, estaba aturdida, no había terminado nada porque en el fondo recordaba y me entristecía. No podía empezar nada porque me acompañaba un fantasma.

Salir de los pozos cuesta y nunca salimos limpios. Limpiar también nos ensucia. Recién a fines del año pasado conocí a las personas que tenía que conocer para sacar fantasmas. Hice amigos de verdad, empecé una carrera nueva y dejé de trabajar en un lugar que no me permitía avanzar. Redescubrí qué es lo que siempre quise hacer pero que en aturdimientos anteriores había olvidado. Ahora estoy recién salida de la desintoxicación por así decirlo y volví a escribir y dibujar en mis cuadernos. Incluso empecé a leer ávidamente otra vez. Hurra por mí!

Decidí abrir este blog como una especie de crónica. En algún momento escribí crónicas espaciales, ahora serían crónicas del más acá. Quiero ir documentando mis progresos y errores, un recordatorio de cotidiano y, por qué no, lo fantástico. Es un borrador a punto de reventar que tal vez pertenezca a Tumblr, pero soy un dinosaurio de Blogger para bien o para mal.

¿Muy largo, no leyeron? Ahí va un resumen:

Hola, vengo a empezar otra vez.

1 comentario:

  1. Salí de trabajar, es de madrugada. Empecé a leerlo y me cansé. Pero no por el texto sino porque estoy muy cansada y no puedo leer ni un párrafo de nada. De ansiosa fui al final. Leí esa frase y lo tuve que leer entero.
    Limpiar también nos ensucia. Qué gran verdad.
    Y cómo quisiera volver a leer ávidamente otra vez.

    ResponderEliminar