Estamos desde hace un rato sentados en la costa.
No la costa a la que refieren las personas que no pisan la arena, sino la costa-costa, la arena que aún no es orilla. No sé como se llama eso. Playa me suena a ojotas, shorts, mallas, anteojos oscuros, pareos, sombrillas, muchos plurales y nuestra costa es fría, invernal, grisácea y aún algo oscura. Estamos solos, además.
Estamos los dos en jeans, en silencio, sentados en la arena. Vos te sacaste las zapatillas hace rato y yo estoy pensando en hacerlo pero esperando un tiempo prudencial para que no sonrías y me digas copiona.
No quiero que me sonrías porque me hacés sonreír y estoy enojada por algo que ya no recuerdo porque el último sorbo de vino que compartimos fue en tu departamento hace dos o tres horas y olvidé mi enojo. Pero sigo (seguimos) callados, claro.
Se acerca un perro negro, después uno marrón con manchas blancas. Los acariciamos, les hablamos a ellos, nunca entre nosotros, los acariciamos y cada palabra y caricia hacia los perros parece que fuera a nosotros. Nos permitimos sonreírles y se van después de un rato. Vuelvo a mirar el mar que hoy está enfurecido. Cerca del horizonte hay una aparente calma y en la porción de cielo que aún está oscura veo uno de esos barcos-cruceros que abundan en la ciudad, aunque no estoy segura que sea uno de esos porque es invierno pero tampoco te pregunto.
Pienso que el sol está tardando en salir, pero puede ser que aún no sean las cinco de la mañana. Perdí la orientación horaria desde que salimos del edificio y te pregunté qué hora era. Contestaste 'las dos menos diez' y cerraste la puerta del ascensor. Tenías la botella de vino aún por la mitad debajo del brazo y cuando la miré me dijiste que por las dudas. La botella está semi-enterrada en la arena y aunque le diste un trago ni bien nos tiramos en la arena no volvimos a tocarla y me parece que está bien, el frío se encargará del resto.
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