martes, 26 de enero de 2016

relato en presente enredado pero que ya pasó en dos partes. (fin)


Tenés los pies muy blancos, lo veo por el cielo que empieza a aclarar y la arena que parece negra de fondo. Vuelvo a mirar el mar. Está más lejos y más tranquilo. La espuma de las olas se acerca despacio a la arena formando una línea blanca. Yo no traje bufanda y en silencio me ofrecés la tuya. La acepto porque un enojo no justifica la estupidez y mi campera es finita, la tuya no. Me tapo la garganta y prendo un cigarrillo. El cielo ya es casi todo gris. Otra vez un amanecer nublado, julio es eterno y está bien.

Me saco las zapatillas, un poco es un acto de rendición, las medias son blancas, bandera blanca. Me saco las medias y entierro parcialmente los pies en la arena, que está fría y seca. Me mirás y sonreís. No te miro, pero sé que sonreís, casi puedo sentirlo. Te quiero mirar y claro que lo hago. Sonreís exactamente como solo vos lo hacés: un poco de costado, un poco de dientes, un poco mordiendo el labio de abajo pero sin presionar, como si lo estuvieras peinando. El viento pega fuerte, y me doy cuenta recién ahora porque al mirarme ponés tu perfil al viento y tenés el pelo en la cara. De alguna forma te queda bien el viento y el mar, el pelo en la cara, el salitre en ese viento, la piel salada cuando un rato después te de un beso.
Pero antes tengo que mirar el mar. 
No por primera vez me sorprendo a mi misma sorprendiéndome de su enormidad, la única extensión que puede llenarme completamente los ojos. El mar es finito e infinito y eso siempre me hace sonreír. El ruido de las olas esta vez es arrullador y me pregunto qué se sentirá conocer al mar de grande. Un poco que nacer en la costa te arruina el chiste, pienso y debo haberlo dicho en voz alta porque me contestás que vos no naciste acá, que yo ya lo sé. Que conocer el mar de grande fue romper el ego otra vez, y que a diferencia de MI mar de la ciudad del mar plateado, TU mar es del sur con ruido a canto rodado. Cantás algo que creo es Spinetta y me acerco a escucharte, otro acto de rendición (escucharte cantar es bandera blanca) pero me rendí hace mucho, incluso antes de enojarme. Me apoyo en tu hombro mientras tarareás bajito, casi para vos solo. Hablás de los mares que conociste y como lo adoptaste de paisaje. Cantamos bajito una de Pearl Jam y enrosco mis pies congelados para acercarme a vos y darte un beso. Tenés gusto a sal y vino y me gusta. No me doy cuenta de cuánto frío tengo hasta que siento el calor que vos transmitís. Quiero volver a lo que por estos días es mi casa. Nuestro balconcito.

Caminamos por la arena, seguimos descalzos. Necesitamos una buena neumonía que nos encierre justificadamente, aún faltan dos semanas para empezar a trabajar. Vamos a ver una peli y reímos mientras imaginamos la cara del portero cuando nos vea llegar descalzos y llenos de arena y encima a esta hora. Llevamos la botella de vino en la mano para mayor impresión. Nos damos un beso dentro del ascensor sin cerrar, y cuando decidimos subir saludamos al portero por la camarita de la entrada. Buenos días señor, acá la juventud se le ríe en la cara, tal vez recuerde los días en los que usted también caminaba por Mar del Plata en el horrible y crudo invierno, robandole besos a algún amor en las esquinas.

Es la hora de los secretos, cada día se hace más difícil recordar uno que no suene tan estúpido o uno que no requiera otros secretos más viejos para contextualizar. Me contás que el primer mes en Mar del Plata lo odiaste tanto que te quedabas laburando horas extra sin goce de sueldo con tal de terminar rápido y volver a Neuquén. Eso fue hace siete años. Extrañabas a tu perra y llamabas por teléfono a diario a tu vieja solo para escuchar a Kira ladrar. Prendo un cigarrillo mientras hablamos de nada, llega mi turno.
-Creo que estoy enamorada de vos. No salgas corriendo.
Sonreís con esa sonrisa que no es la que va de costado y apago el cigarrillo como si mi mundo interno no estuviera a punto de romperse de tanto esperar alguna respuesta tuya.
-Eso ya lo sabía, cronopia cronopia. ¿No somos los dos un ejemplo claro de obviedad?

Ahora yo sonrío de costado y me hago un bollito en la cama al lado tuyo. Estornudo dos veces y me duermo con el sueter puesto.
Mañana no podré hablar gracias a la angina ni me podré levantar de la cama gracias a la fiebre, pero el chico del cual estoy enamorada me traerá tazas y tazas de ese té inglés que trajo de un viaje pero que nunca abrió. Me comprará miel y limones en la feria verde y me preparará panqueques de manzana de almuerzo-merienda. Durante unas semanas ignoraremos al universo y el universo en recompensa nos ignorará un poco.
Julio es eterno, y está bien.

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